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molesto?

Este dibujillo es de un bloc de apuntes que hice cortando una libreta en tres tiras largas. Es del 83.

Hay quien cree que por preguntar «molesto?» tiene vía libre y puede avasallar a quien se le ponga por delante. Las buenas maneras, lo que antes llamaban reglas de urbanidad, no son sinónimo de educación ni de cortesía ni nada de eso. Prefiero menos protocolo y más empatía.

Pero claro, lo que yo prefiera no es que lo vaya a encontrar en tanta abundancia como me gustaría. Hay gente buena, pero eso de «to er mundo é güeno» tampoco me acaba de convencer.

Si alguna vez has estado en la piel de alguno de los dos personajes del dibujo, piensa en porqué nos creímos lo que nos contaron y cuánto falta para que empecemos a dejarnos de reglas huecas y protocolos vacíos y miremos por dentro a la gente que pasa cerca de nuestro camino cada día. No es tan difícil. Lo difícil es ser transparente y dejar que te miren así.

Al final del arcoiris

5o. Ting, el Caldero. (I Ching)

Trabajando en mi taller de la calle Calderería Vieja, conseguí apuntarme a un curso de calderería (feliz coincidencia) impartido por el artesano Adolfo Heredia, un gitano rubio, de nervios de acero que nos enseñó a un pequeño grupo de alumnos a batir el cobre en su sentido más literal.

Partiendo de una chapa de cobre y sobre diversos tipos de yunques (les llamo así para entendernos, pues sus nombres no os dirán nada) íbamos batiendo la chapa hasta darle la forma deseada; trabajando casi en el suelo, como hace cientos de años. Se soldaba en la fragua, con una aleación preparada por nosotros y se forjaban las asas de hierro, calentándolas al rojo sobre el carbón incandescente. La simple técnica para hacer los remaches es todo un poema al ingenio humano y artesano. El interior se estaña (el óxido de cobre es tóxico) para su uso culinario. No hay mejor perol para el garrapiñado que uno de cobre.

Además de esta olla clásica, hice chocolateras, raseras, jarras, cazos y otros cacharros dignos de decorar cualquier cueva del Sacromonte. Algunas piezas las regalé, otras se vendieron en el zoco final que organizamos, otras las tiene el Maestro.

Esta olla no es la que dice la leyenda que hay enterrada al final del arcoiris, pero sí que tiene monedas dentro: pesetas que guardo.